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Alejandro Betancourt, el multimillonario investigado que conecta a Delcy Rodríguez con Trump

Un avión privado procedente de Palm Beach aterrizó en Caracas el pasado 27 de junio. De él bajó un multimillonario venezolano investigado por desfalcar miles de millones de dólares de la petrolera estatal PDVSA. Viajaba con su esposa, Andreina, y un segundo hombre, además de la tripulación, según ha confirmado EL PAÍS en los registros de vuelo de aquellos días. La llegada pretendía ser discreta, pero trascendió. Y escandalizó. El protagonista de esta historia es demasiado conocido en Venezuela para pasar inadvertido. Fue el primero de al menos dos viajes envueltos en un halo de misterio.

Alejandro Betancourt es famoso en su país por ser uno de esos jóvenes aburguesados que supieron hacerse millonarios con el chavismo. Hijo de un músico y una diseñadora de joyas, sorteó los señalamientos judiciales en su país, aunque está siendo investigado en España y Suiza por blanqueo y fraude fiscal.

El contratista pródigo volvía a ocupar titulares porque retornaba tres días después de los dos brutales terremotos en los que ya han muerto más de 6.000 personas y que pusieron en jaque la recuperación del país. Hasta ese momento y desde hacía casi ocho meses, para ver a Betancourt había que visitarlo en alguna de sus dos mansiones inglesas porque no podía salir del Reino Unido. No cargaba una tobillera electrónica, pero era hasta hace muy poco un rico enjaulado que se paseaba por sus mansiones en Chelsea y en Oxfordshire, a las que se desplazaba en helicóptero como un aristócrata.

A pesar de las investigaciones sobre él, Betancourt se ha convertido en uno de los empresarios con mayor control sobre la producción petrolera privada de Venezuela. Ahora es él el que viene y va en aviones privados, acompañado de su familia, socios, inversores y hombres y mujeres de negocios de la banca y la minería.

Betancourt hizo mucho dinero en Venezuela, hasta que a partir del año 2010 su rastro empieza a difuminarse y reaparece en España, donde se casa y adquiere carísimas propiedades y empresas. Allí, tras desembolsar millones de euros, se puso detrás de la marca de gafas Hawkers —un fenómeno de ventas online— y construyó un imperio de inversiones que van del petróleo venezolano a conocidas start-ups españolas.

Ahora, seis meses después de la caída de Nicolás Maduro, el empresario volvía a Venezuela a asesorar a la presidenta, Delcy Rodríguez, en la reactivación del negocio petrolero: el mismo sector en el que infló su fortuna y por el que hoy responde a las dos investigaciones que tiene abiertas en Suiza y España. Nadie ha confirmado oficialmente cuál es su rol ni si lo tiene, pero varias fuentes cercanas al poder de Caracas aseguran que su asesoría se extiende al sector minero y a la reestructuración de deuda que está llevando a cabo el país.

¿Pero por qué Delcy Rodríguez, que se ha vendido como la depuradora de los desmanes del madurismo, confiaría en él para esta misión?

Mauricio Claver-Carone, hasta hace pocos días emisario informal para Venezuela del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, dio algunas claves.

Claver-Carone, que ha ejercido durante meses un poder desmesurado en las sombras, reconoció a la agencia Reuters que él y otros funcionarios estadounidenses habían usado a Betancourt como intermediario. El venezolano entendía el negocio petrolero en ambos países y podía tender puentes entre la Administración de Donald Trump y el Gobierno de Rodríguez, dijo.

Las palabras del que fue enviado especial de EE UU para América Latina muestran cómo los procesos pendientes con la justicia y las graves sospechas de corrupción que pesan contra Betancourt —y contra tantos otros poderosos venezolanos— no son relevantes para Washington. “Es una pieza de Estados Unidos y la usan. Betancourt se ha sabido vender y los americanos son compradores”, explica una fuente diplomática que reconoce su “sorpresa” al enterarse del retorno del empresario al entorno presidencial.

El vuelo fantasma

Betancourt se marchó una semana después de aquel 27 de junio y volvió a Venezuela el pasado 22 de julio, según otro plan de vuelo al que ha tenido acceso EL PAÍS. Supuestamente lo hizo en una aeronave privada que salió de Florida con destino a Maiquetía. Según ese documento, lo acompañaban su mujer, su hermana, sus dos hijos y unos cuantos emprendedores españoles, amigos e inversores en los distintos negocios por los que ha apostado Betancourt. El chárter que aparece en el registro salió de Estados Unidos a las 14.42 y aterrizó en Venezuela a las 17.30, según el rastreador de vuelos FlightAware, pero hay algo misterioso en este viaje.

Aunque el documento sitúa la aeronave en Venezuela, dos de los pasajeros niegan haber estado allí y aseguran que, esos días, el viaje que hicieron con Betancourt fue de Nueva York a Miami tras asistir a la final del Mundial. Además, la información de ese mismo vuelo se envió dos veces con datos diferentes y en el segundo documento —mismo trayecto, mismo día, misma aeronave, misma tripulación— enviado con el avión en el aire ya no hay rastro de Betancourt ni sus invitados.

En su lugar aparecen solo Laura Hietamies, financiera finlandesa, y su esposo, el estadounidense Jacob Hirshman, cofundador del banco digital Erebor, que presta servicios a empresas de tecnología, cripto y defensa. Hirshman ha viajado varias veces este año a Caracas para conectar al país con el sistema financiero de EE UU. Ninguno de los dos respondió a los mensajes de EL PAÍS.

El baile de nombres y documentos, la sustitución completa de un pasaje por otro es, según una fuente conocedora del caso, un intento deliberado de disfrazar la llegada de Betancourt a Venezuela. EL PAÍS envió varios mensajes al empresario, pero no hubo respuesta. Dos de sus allegados se negaron a hacer de intermediarios.

Independientemente de si Betancourt llegó o no en ese vuelo del 22 de julio, otro documento revela que volvió a salir del país el 30 de ese mismo mes con destino a un aeropuerto privado de Miami. Esta vez en la aeronave lo acompañaban tres hombres, entre ellos Sean Pi y Henry Heeney, cofundadores de Heeney Capital, una firma de inversión privada centrada en minería y recursos naturales, el segundo negocio más codiciado en Venezuela. En mayo de 2026, Heeney Capital firmó acuerdos de compra anticipada de producción para proyectos mineros y de oro en el país, dentro de una iniciativa respaldada por la Casa Blanca para reactivar ese sector. Tampoco ellos respondieron a las consultas de este periódico.

Betancourt sigue ganando terreno en el sector petrolero venezolano. Harry Sargeant III —viejo intermediario entre Washington y Caracas— vendió por 300 millones de dólares su participación minoritaria en NABEP, la segunda mayor petrolera privada del país, tras la presión del Tesoro de EE UU para que se retirara del negocio. El comprador, según Bloomberg, fue una parte cercana a Betancourt, que ya era el accionista mayoritario de la compañía.

La joven promesa de la era Chávez

A sus 46 años, Betancourt conoce muy bien el mundo de los negocios, sobre todo el sector petrolero y el eléctrico: los dos más estratégicos de Venezuela y los que más se han utilizado para enriquecer a unos pocos durante casi tres décadas de chavismo. Entró en el primero antes de cumplir los 30 años y su empresa recién fundada, Derwick Associates, sin experiencia previa, se llevó al menos 11 contratos sin licitación por unos 5.000 millones de dólares para construir plantas termoeléctricas en plena emergencia decretada por Hugo Chávez.

El sobreprecio de los contratos, según Transparencia Venezuela, rondó los 2.900 millones de dólares y varias de esas plantas nunca funcionaron como se prometió. Gran parte del país vive a oscuras y sin electricidad varias horas al día. De ahí nació el apodo con el que se le conoce hasta hoy: bolichico, término acuñado para los jóvenes empresarios —muchos sin experiencia previa— que se enriquecieron gracias a contratos públicos millonarios durante la revolución bolivariana de Hugo Chávez y Maduro.

Del sector eléctrico saltó al petrolero, donde sigue hoy, y es ahí donde pesa la causa más activa contra él: la que la Audiencia Nacional reabrió en junio —tras haberla archivado meses antes— por blanqueo de capitales y delito fiscal. Se le acusa, junto con sus socios, de haber sobornado a tres funcionarios de la petrolera estatal venezolana con 42 millones de dólares para defraudar 4.850 millones en operaciones de cambio de divisas canalizadas a través del petróleo. Ese dinero, según pretende demostrar la justicia española, acabó regado en empresas, inversiones e inmuebles de altísimo valor en España.

Esa causa deriva de otra más antigua: la suiza, abierta por blanqueo de capitales, que a su vez proviene de una investigación en Estados Unidos donde sus supuestos cómplices ya han sido condenados.

Suiza le impuso una orden de extradición desde el Reino Unido y la retención de sus pasaportes italiano y venezolano, hasta que en mayo de este año el cantón de Zúrich levantó las restricciones. Una fuente diplomática desliza que detrás de esa decisión está el influjo de Estados Unidos. Otra, cercana a actores políticos en Washington, lo confirma.

En Venezuela, donde la propia Delcy Rodríguez ha denunciado la corrupción del sistema judicial, los casos abiertos contra Betancourt nunca llegaron a convertirse en una imputación formal.


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