Qué es el “eustrés” y cómo se relaciona con el estrés que conocemos – BBC News Mundo
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¡No te estreses! Un consejo muy fácil de dar, pero difícil de ejecutar.
La vida moderna –con sus exigencias laborales, familiares, sociales, etc.- está estructurada de forma tal que el estrés parece ser un factor inevitable.
Pero aunque muchos de nosotros tratamos de evitar a toda costa las situaciones estresantes, por el impacto negativo que pueden tener en nuestra salud física y mental, el estrés, en sí mismo, no siempre es nocivo.
Dependiendo de cómo percibamos el estrés, cómo valoremos nuestra capacidad para afrontar una situación desafiante y cuál sea la naturaleza del factor estresante (no es lo mismo el estrés frente a una competencia deportiva que el estrés financiero, por ejemplo), este puede tener un impacto positivo.
Y aquí es donde entra en juego el llamado eustrés, un término acuñado a mediados de los años 70 por el endocrinólogo húngaro Hans Selye para diferenciar el estrés positivo –aquel que nos motiva y nos lleva a mejorar nuestro rendimiento- del distrés, el estrés que nos provoca ansiedad, tristeza, además de otros síntomas físicos y emocionales.
“La palabra estrés era en principio un término neutro, pero con el tiempo la gente empezó a usarlo con una connotación más negativa”, le explica a BBC Mundo Sarah Williams, psicóloga del deporte y del rendimiento y profesora asociada de la Universidad de Birmingham, en Reino Unido.
“Sabemos por la literatura científica que el estrés está vinculado a problemas como enfermedades, una mala salud mental y un bienestar deficiente, entre otras cosas. Y los mensajes de salud pública suelen centrarse en gran medida en ese tipo de riesgos.
“Y creo que, por cada estudio que demuestra sus beneficios, probablemente existan diez veces más investigaciones centradas en comprender los efectos negativos del estrés”, añade Williams.
Dr. Jekyll y Mr. Hide
Para entender mejor las diferencias entre ambos tipos de estrés y el impacto en nuestro organismo, Anne Laure Le Cunff, neurocientífica del Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia del King’s College de Londres, los compara con Dr. Jekyll y Mr. Hyde: Jekyll representa el lado positivo y controlado del estrés (eustrés), mientras que Hyde representa el lado negativo (distrés).
“Cuando experimentas distrés, se activa la amígdala; esta activación es una respuesta evolutiva ante amenazas percibidas que prepara al cuerpo para una posible reacción de lucha o huida”, dice Le Cunff en uno de sus videos de divulgación científica.
“Esto estimula la liberación de hormonas del estrés, en particular el cortisol, lo que desencadena síntomas como taquicardia, respiración acelerada y tensión muscular”.
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En ese estado, el cerebro entra en un estado de sobreexcitación, lo que dificulta la concentración y el desempeño en actividades que nos resultan importantes.
En cambio, cuando experimentamos eustrés, una emoción vinculada a sentimientos de entusiasmo y expectación, “el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor que desempeña un papel clave en el sistema de recompensa cerebral”, explica Le Cunff.
“Esta liberación de dopamina potencia la concentración, la motivación y el impulso, agudizando las funciones cognitivas y permitiéndote afrontar los desafíos con mayor claridad y determinación”.
Por esta razón, bajo una situación de eustrés, nuestra productividad y creatividad aumentan.
En resumen: el distrés tiene lugar cuando percibimos el estrés como una amenaza negativa, mientras que el eustrés surge cuando lo percibimos como un desafío positivo.
Cuestión de percepción
No es entonces necesariamente la situación en sí la que nos genera eustrés o distrés sino cómo nosotros mismos la percibamos.
Si bien hay ciertos tipos de factores estresantes que pueden tener una naturaleza más positiva o negativa (como mencionamos anteriormente, no es lo mismo el estrés financiero que el de una competencia deportiva), el impacto que el estrés pueda tener sobre nosotros se basa en nuestra perspectiva sobre él: en si creemos que el estrés puede tener un efecto positivo o debilitante.
“Si alguien percibe que el estrés le aporta beneficios, es probable que afronte una situación estresante de manera mucho más adaptativa”, señala Williams.
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Como ejemplo de esos beneficios, Williams menciona cómo una competencia deportiva puede empujar a un atleta a conseguir mejores resultados que los que logra en una sesión de entrenamiento, donde no está sujeto al mismo tipo de presión.
Otro factor que influyen en nuestra experiencia positiva o negativa del estrés es nuestra valoración de él.
¿Qué tan exigente creemos que es la situación que tenemos enfrente? ¿Creemos contar con los recursos necesarios para afrontar esas exigencias?
“Si percibimos que sí —es decir, si sentimos que tenemos lo necesario para responder a las demandas, aun cuando la situación sea muy exigente—, se considera que tenderemos a ver la situación como un desafío, experimentando así una valoración positiva y respuestas favorables asociadas al estrés”, comenta Williams.
“En cambio, si sentimos que carecemos de los recursos para afrontar dichas exigencias, se cree que entramos en un estado en el que nos sentimos amenazados y experimentamos consecuencias negativas”.
Cambios
Mientras que la valoración del estrés fluctúa de acuerdo a la situación, nuestra percepción del estrés está “moldeada en gran medida por nuestra crianza, nuestras experiencias con él, el contexto familiar y ese tipo de cosas”, comenta William.
No obstante, ambas son maleables.
Por lo tanto, para mejorar nuestro rendimiento, concentración, motivación y bienestar en general, no tenemos que evitar el estrés, sino cambiar la forma en la que nos vinculamos con él ¿Cómo?
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“La evidencia demuestra que es posible intervenir mediante la educación sobre el estrés, logrando cambios iniciales en un periodo de tiempo bastante breve. No obstante, aún se desconoce hasta qué punto perduran dichos cambios y cuál es su impacto real en la forma en que la persona responde al estrés”, dice Williams.
Además de la educación (es decir, la enseñanza sobre los efectos positivos del estrés), el uso de la visualización -el tratar de imaginarnos desempeñándonos exitosamente en una situación que representa un desafío- es útil para responder de forma positiva al estrés.
Williams pone el ejemplo de una entrevista laboral.
“Uno pueden imaginarse a sí mismo en esa entrevista —sintiendo la adrenalina y experimentando los síntomas habituales—, pero desenvolviéndose muy bien, estando a la altura de las circunstancias, sintiéndose seguro y con el control de la situación.
“Esto puede entrenar al cerebro para asociar esas respuestas de estrés con resultados positivos y con una sensación de control, de modo que, cuando la persona se enfrente a la situación real, es como si ya lo hubiera hecho antes.
“El cerebro asocia esas respuestas con la confianza y el control. Y, como se ha demostrado, esto conduce a mejores respuestas —respuestas más positivas— ante situaciones estresantes”.

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