¿De qué habrán hablado Sheinbaum y Ferguson?
Mi naturaleza curiosa me hace admirar las conversaciones improbables. Creo que en la mayoría de las ocasiones puede salir algo productivo e interesante de éstas. Es la misma curiosidad que me hace imaginarme de qué pudieron haber conversado la presidenta Sheinbaum y el historiador Niall Ferguson.
Sabemos poco de la reunión. El viernes, la presidenta publicó en redes sociales una fotografía en la que se le ve sentada con el historiador escocés educado en Oxford, acompañados por Diana Alarcón, representante de México ante el Banco Mundial. La publicación añade que conversaron sobre el momento histórico que vive México y la relación con Estados Unidos. No sabemos más, pero es de esas conversaciones de las que me gustaría tener más detalles.
La curiosidad nace de la improbabilidad de la reunión. El personaje con el que la presidenta se reunió es un historiador económico relevante que ha criticado recientemente y en repetidas ocasiones la política arancelaria del presidente Trump. Quizás ese fue el punto de partida de la reunión, la chispa que pudo haber detonado la conversación con un hombre que tiene puntos de vista profundamente distintos a los de la presidenta.
Ferguson se doctoró en Oxford con una tesis sobre la hiperinflación alemana y ha enseñado en Oxford, en New York University y en Harvard, donde ocupó una cátedra de historia durante doce años. Hoy es el investigador principal de la Hoover Institution –institución en la que alguna vez participaron Friedman y Hayek-, en Stanford y miembro del Belfer Center de Harvard. Fue nombrado caballero por el rey Carlos III en 2024. Sir Niall Ferguson es un escritor prolífico y un gran divulgador. Su libro, y su serie, sobre el triunfo del dinero (The Ascent of Money, Penguin, 2008; la serie producida por Channel 4 del Reino Unido y PBS en Estados Unidos) han sido un éxito rotundo.
Es uno de los historiadores más leídos del mundo. También uno de los más discutidos.
Ferguson escribe desde una posición conservadora que no pretende disimular. Cree, desde siempre, en un gobierno limitado –ha sido un crítico de Keynes llegando a comentarios de los que posteriormente ha tenido que retractarse–, en la apertura de los mercados, en la disciplina fiscal, y en el estado de derecho -recalcando el papel de la ley y las instituciones- como precondición y no consecuencia del desarrollo. Su libro más breve –no llega a las 200 páginas– sostiene que las democracias occidentales se estancan no por falta de recursos sino por deterioro institucional: sistemas de pensiones que transfieren costos a otras generaciones, regulación tan compleja que solo los grandes pueden cumplirla y actúa como barrera de entrada, tribunales poco funcionales, sociedad civil atrofiada porque el Estado absorbe -o pretende absorber- todas sus funciones.
Más allá de la postura sobre los aranceles de Trump, quizás la tesis de Ferguson que pudo haber dado más materia a la conversación del viernes fue la que sostiene que Washington y Beijing ya entraron en una segunda Guerra Fría y que las economías intermedias –donde seguramente colocaría a México– tendrán que elegir bando o serán colocadas en uno. Tema interesantísimo para México, al ser un país cuyas exportaciones dependen de uno y las cadenas de suministro en gran medida de otro.
Ferguson defiende un papel del Estado limitado, mientras que el gobierno mexicano ha ampliado el papel del Estado en energía, en infraestructura y en la política social. Sir Niall ha advertido sobre el peso fiscal que pueden llegar a tener los compromisos sociales no fondeados, y en México se han elevado a rango constitucional programas cuyo costo crece con la evolución de la pirámide demográfica. Donde él identifica la independencia judicial como el cimiento del que cuelga todo lo demás, México tiene un sistema deficiente y cambiante. Ferguson señala que la certidumbre regulatoria es la condición para que llegue inversión de largo plazo y en los últimos años aquí de certidumbre hay poco.
No tiene uno que estar de acuerdo con Ferguson ni con Sheinbaum para reconocer que es un diálogo improbable. Sin embargo, ahí estaba, en Palacio Nacional. Más allá de la publicación de la presidenta están las que hizo Ferguson, donde señala lo que él percibe como logros de la administración actual. Baja inflación, exportación de bienes electrónicos, baja en tasa de homicidios y hasta la popularidad de la presidenta. Extraña que Ferguson, siendo como es, un conocedor de la materia económica, señale precisamente esos puntos.
Reconozco el valor de la reunión, un gobierno que escucha solo a quienes coinciden con él pierde información y realidad. La virtud de sentarse con alguien como Ferguson no está en que tenga razón; la virtud radica en que obliga –si se está dispuesto a debatir- a defender las propias posiciones frente a objeciones que no deberían estar diseñadas para complacer. Ferguson ha sido crítico severo de la política arancelaria de Trump y ha dicho que la estrategia mexicana de evitar la confrontación directa ha sido acertada. Coincide con Sheinbaum en el manejo del tema más urgente y discrepa de ella en casi todo lo demás. Esa combinación —acuerdo en lo inmediato, desacuerdo en lo estructural— es precisamente la que podría producir conversaciones útiles. Con quien coincide uno en todo no se aprende nada. Con quien discrepa en todo no se conversa.
Sería ingenuo pensar que Ferguson no tenga agenda en una reunión como la sostenida. No sé cuál sea. Quizás –mera especulación– haya sido para Ferguson una pista para un probable siguiente libro.
De qué hablaron, no lo sabemos. Ojalá hayan hablado de productividad, que es la conversación que este país lleva tres décadas posponiendo. Ojalá alguien haya dicho en voz alta que la inversión no llega donde las reglas cambian. Ojalá Ferguson haya escuchado, también, por qué en México la desigualdad hace que ciertas recetas suyas no puedan funcionar.
Pero, sobre todo, ojalá vuelva a pasar. Con él o con quien sea que piense distinto. Que la puerta de Palacio se abra a la contradicción no debería de ser una concesión, debería de ser una rutina para escuchar al que piensa distinto y tener más matices de la realidad.

