Política

La misma crisis en Ceuta en un mundo diferente



Decía el gran sabio hispanoárabe Averroes que “la verdadera amistad no se mide por intereses temporales, sino que se bebe por amor gratuito”. Para el filósofo andalusí, los vecinos deben unirse, no por mera conveniencia económica sino por una autentica voluntad de procurar el bien común. Quizás esa sea la ausencia más elocuente en las relaciones entre España y Marruecos, y por extensión entre Europa y su frontera sur. La última crisis en Ceuta lo demuestra con una crudeza insoportable: más de 80 jóvenes muertos, muchos aún sin identificar; familias que siguen buscando desesperadamente a los suyos; miles de menores abandonados a su suerte. Este es el vergonzoso balance de esta tragedia.

Sin embargo, sería un error interpretarla como un episodio más en una larga sucesión de crisis fronterizas. 2026 marca un punto de inflexión por tres razones fundamentales que no se pueden obviar con vistas al futuro, sobre todo porque la geografía no admite mudanzas.

La primera tiene que ver con el regreso de la política de poder. Desde la última gran crisis en Ceuta, en 2021, el mundo ha cambiado. La fuerza vuelve para imponerse al derecho, y la coerción sustituye a la norma. Desde Ucrania hasta Oriente Próximo, desde Sudán hasta Venezuela. También en nuestra frontera sur. Los países abandonan la cooperación multilateral, la negociación diplomática, para buscar el dominio estratégico con lógica de suma cero. Se reaviva la lucha por el control de territorios soberanos, de pasos marítimos y fronteras estratégicas mediante la presión constante. Ahí tenemos los ejemplos de Groenlandia, de Ormuz o del canal de Suez. Baja el umbral de los conflictos con estrategias diseñadas para desestabilizar al adversario, sin cruzar la línea roja que provocaría una respuesta militar abierta o una declaración de guerra. A menudo, estas operaciones se ejecutan de manera opaca para que el agresor pueda negar su implicación directa y así dificultar la atribución del ataque, como ocurre de manera recurrente en el mar Báltico con cortes de cables submarinos y daños en gasoductos. Y además ofrece una asimetría táctica que permite que actores con menor poder militar equiparable desafíen con éxito a potencias superiores golpeando sus vulnerabilidades internas.

En este nuevo contexto geopolítico casi todo puede convertirse en un instrumento de presión: los flujos migratorios, la dependencia energética, el comercio, el espacio cibernético y las redes sociales convertidas en ariete al servicio de la polarización y la desestabilización. El algoritmo es la nueva arma letal desplegada en silenciosas campañas de desinformación, y quien la controla puede usarla a su antojo.

Por eso, la crisis en Ceuta no puede analizarse únicamente como una crisis migratoria. Es la manifestación de una forma distinta de ejercer el poder. Una forma más sutil que la guerra convencional, pero no por ello menos eficaz. Quien presiona una frontera no pretende solo abrir un paso. Pretende sembrar incertidumbre, desgastar instituciones y dividir a las democracias. Es un método. Por eso exige una respuesta desde la firmeza.

Existe una segunda transformación, quizás menos visible, pero igualmente decisiva. La política de poder también tiene sus límites. Ningún país puede proyectar hacia el exterior una fortaleza que no posee en su interior. Cuando un país dedica más recursos a exhibir influencia que a construir prosperidad para sus ciudadanos, acaba debilitando aquello que pretendía reforzar. Ninguna estrategia internacional es sostenible si descansa sobre una sociedad que pierde la confianza en su futuro.

Quizás esa sea la imagen más elocuente de esta crisis. En apenas unas horas, miles de jóvenes estuvieron dispuestos a abandonar su país con lo puesto. No huían de una guerra. Huían de la ausencia de un horizonte. Se suman a las protestas de una generación cada vez mejor formada, pero cada vez más convencida de que su futuro se encuentra en otra parte. Ninguna política exterior puede ocultar indefinidamente esta realidad.

Las victorias tácticas suelen ofrecer una satisfacción inmediata. La fortaleza de un Estado, en cambio, se mide en otra escala. No por su capacidad para presionar a sus vecinos, sino por su capacidad para ofrecer estabilidad, oportunidades y esperanza a los suyos. Cuando la acción exterior se convierte en una forma de aplazar los desafíos internos, el riesgo deja de ser diplomático. Termina siendo político y social. Y con el tiempo, también regional. Porque la inestabilidad nunca permanece dentro de las fronteras de quien la produce. Siempre acaba proyectándose sobre sus vecinos. También sobre España.

La tercera enseñanza interpela directamente a Europa. La crisis en Ceuta también ha mostrado una Unión Europea mucho más vulnerable políticamente de lo que quisiéramos admitir. No porque carezca de medios para proteger sus fronteras, sino porque el debate migratorio ha terminado condicionando casi toda la conversación política europea. La inmigración ha dejado de ser una política pública para convertirse en un miedo. Y pocos miedos condicionan tanto las decisiones de los gobiernos europeos como aquel que puede decidir unas elecciones.

Existe, además, una paradoja que Europa sigue sin resolver. Todos los Estados miembros de la UE, todos, incorporan cada año a miles de trabajadores extranjeros porque sus economías los necesitan. Todos lo hacen. Muy pocos se atreven a explicarlo. El envejecimiento demográfico, la falta de mano de obra, y la sostenibilidad del Estado del bienestar convierten la inmigración ordenada en una necesidad económica. Pero el discurso político continúa presentándola únicamente como un problema de seguridad. La distancia entre la realidad y el relato constituye una de las principales fragilidades estratégicas de la Unión.

Europa necesita recuperar una conversación adulta sobre la inmigración. Transformar esa vulnerabilidad en resiliencia. Eso significa reforzar el control de las fronteras exteriores ante ataques híbridos, combatir con más eficacia las redes criminales que trafican con seres humanos y cooperar con los países de origen y tránsito. Pero significa también abrir vías legales de migración y protección internacional que reduzcan el atractivo de las rutas irregulares. Seguridad y prosperidad se necesitan mutuamente.

Mientras Europa siga atrapada en un debate dominado por el miedo, otros —dentro y fuera— seguirán encontrando en la migración un instrumento de presión. Por eso, la respuesta ante cualquier presión sobre una frontera exterior debe ser, ante todo, europea. Pero España tiene una responsabilidad añadida. Por historia, por geografía y por experiencia, está llamada a liderar ese debate en la frontera sur de Europa. Y para hacerlo necesitará algo que escasea en nuestra política: un consenso de Estado construido sobre los intereses permanentes del país y no sobre soflamas vacuas o sobre la rentabilidad inmediata de cada crisis.

Porque la verdadera frontera que hoy está en juego no separa España de Marruecos. Separa dos maneras de entender Europa. Una convierte cada crisis en un motivo para levantar nuevos muros entre europeos; la otra entiende que las fronteras exteriores solo pueden defenderse si antes existe algo que merezca ser defendido al otro lado de ellas. La soberanía comienza en las fronteras. Pero la fuerza de Europa siempre ha comenzado mucho antes: en la confianza de quienes decidieron compartirlas.

Es hora de cambiar de rumbo.



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