Los tres días de horror que acorralaron a Ceuta
Las costas de Ceuta y Marruecos han dejado en unos pocos días decenas de cadáveres para el triste cementerio del mar Mediterráneo. Ceuta tocó campanas de alerta el 27 de julio, después de una semana en la que sus playas tenían bañistas de día e inmigrantes al amanecer. Las travesías nocturnas de los flotadores, escasos kilómetros y muchas horas de nado, habían dejado ya en la arena a más de 1.000 personas, náufragos de la miseria, la violencia y la falta de libertades. Los inmigrantes besaban la tierra española y entraban en busca de auxilio. Se hablaba entonces de cuatro muertos en siete días. Las cifras serían tan confusas como inmisericordes a partir de entonces. El jueves 30, se desató el pandemónium: más de 60.000 personas entraron en aluvión caminando por la costa marroquí hasta la española. Solo el espigón que hace frontera entre ambos países se adentraba amenazador hacia el mar, pero la marea baja dejaba las rocas a la vista y propiciaba la escalada sin necesidad de flotadores. Hasta quienes no sabían nadar corrieron hacia allí. Quienes vieron la avalancha lo reviven con horror. “Uno se agarraba a la roca, el otro al que se había agarrado primero, y el siguiente al anterior. Y se iban hundiendo. Algunos nos bajamos al agua para ayudar a subir a quienes ya no tenían fuerzas”, dice un funcionario que estuvo allí y no quiere dar su nombre. La ciudad ha instalado cámaras frigoríficas para 200 cadáveres. Y los bañistas han vuelto ya bajo sus sombrillas.
Los tres días de horror de Ceuta comenzaron a las seis de la mañana del jueves pasado. Cuatro periodistas desvelados ven llegar a los inmigrantes con sus flotadores, unas aletas en los pies y los antebrazos metidos en las chancletas, ropa escasa y mochilas empapadas. Van apareciendo por puñados mientras el sol se pelea con la bruma de la mañana. La policía les espera, les atiende y va reuniendo a varias decenas para identificarlos y mandarlos al centro de acogida. Los muchachos, varones en su mayoría, marroquíes casi todos, se desesperan sentados en el puesto fronterizo y los nervios vaticinan la desbandada, que se produce algunas horas más tarde. Y faltaba lo peor. Marruecos ya no sirve de frontera cuando da el mediodía y miles de personas franquean a pie el puesto fronterizo, entrechocándose contra el espigón. Alcanzan tierra española entre vítores y algarabía, pero la marabunta no cesa. Las decenas se van adivinando: diez, veinte, treinta mil; corren las horas y el éxodo continúa. ¿Quién podría contarlos? El mar se iba cobrando sus víctimas sin que la Guardia Civil ni nadie pudiera detener un éxodo continuo que se prolongó por horas: 40.000, 50.000. Para hacerse una idea de la cifra, hubo que esperar al viernes, cuando la procesión tomó el camino de vuelta ordenadamente y las cámaras contabilizaban personas por minuto. Todavía hoy algunas fuentes dan números de salida superiores a 60.000 personas. ¿Cuántos entraron entonces?
El presidente de la ciudad, Juan Jesús Vivas, que lleva días pidiendo apoyo a Madrid, reclama entonces una declaración de emergencia nacional, pero aún pasarán horas hasta que el Gobierno decida movilizar al Ejército. La ciudad está colapsando, asegura Vivas, pero el Ministerio de Interior le quita hierro al asunto equiparando la situación con otras de anteriores veranos. No va a ser así.
Los inmigrantes ya se apiñaban por cientos ante las puertas del centro de acogida (CETI), que cerró a cal y canto para defenderse de una situación desbordada, y la policía corta el jueves la calle que sube al centro y apacigua el viernes los conatos de forzar la puerta. “El centro solo tiene capacidad para 520 personas y el martes ya estaba lleno. Se retiraron las mesas y sillas de las aulas de formación para colocar más camas y ahora mismo tenemos alojadas unas 900 personas”, contaba Abdelhali Lahasen Lahasen, abogado de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Aun así, cuando afuera se daban situaciones de emergencia por mareos, heridas o situaciones vulnerables, se abría el portón y la enfermería. Por allí entraron una mujer embarazada de seis meses con un hijo de tres años con dificultades de salud, procedentes de Larache. El padre esperaba afuera noticias de ambos: “El niño está malo, no habla, no camina; a ella se la han llevado y no la he visto más”, decía Mohamed Mebjud, de 32 años, que cose redes de pesca en Marruecos. Los tres habían llegado en flotador. “Hemos pasado mucho miedo, dios ha estado con nosotros, cuatro horas en el agua. Quiero ver a mi hijo, ¿le darán los medicamentos?, ¿si un niño nace aquí es español?”, se devanaba el hombre entre interrogantes; y volvía a preguntar por su esposa, Fatna Lbidi.
El CETI ha hecho lo que ha podido y más en esta crisis. “El director, cuando acababan de comer los residentes, abría las puertas y sentaba a la mesa a los de afuera, después tenían que salir de nuevo”, cuenta el abogado Lahasen. El orden legal se ha roto estos días, para bien y para mal. Las casas de acogida han multiplicado sus funciones; los miembros de la Cruz Roja pegaban una cabezada en sus furgones cuando podían; la policía dejó de acreditar inmigrantes, paso previo a ser acogidos en el CETI, donde, de todas formas, no había plazas; la Guardia Civil se apartaba y dejaba pasar a todos libremente por la frontera; los militares, que por fin llegaron, apenas prestaban pasillo para que salieran los miles que habían entrado; las heridas se atendían como se podía, que no era mucho, y por todos lados había cojos, brazos en cabestrillo y vendas en los pies. Un caos que puso a la ciudad de rodillas ante la llegada, en apenas 24 horas, de prácticamente la misma población de Ceuta, que ronda los 84.000 habitantes. La entrada desordenada cogió desprevenido al Gobierno, que no vio venir la crisis, reconoce; desprovista de fuerzas a la Administración ceutí; incapaces de reaccionar a las fuerzas del orden; y una población estupefacta, por toda defensa contra el susto, cerró sus puertas con la fuerza de una muralla: ni un negocio abierto, cerradas las tiendas, sin pan ni agua ni tabaco. Ceuta se había convertido en una trampa que atrapó a decenas de miles de personas entre la playa y los cerros.
La mañana del viernes, hambrientos, con sed, sueño y frío, el éxodo toma el camino de vuelta, pastoreado por el Ejército para alivio de las autoridades. Marruecos ha despertado de su particular siesta y, para darlo a conocer al mundo, hace sonar las sirenas tras la valla que separa Fnideq (la antigua Castillejos) de Ceuta. Los agentes lanzan chorros de agua y gases que apartan a los migrantes que aún esperan entrar en España y, más allá de lo que ya los medios locales llaman el espigón de la muerte, autobuses y coches incendiados elevan columnas de humo. El descontrol ha cambiado de país. Mohamed VI, que acaba de celebrar el 27 aniversario de su llegada al trono, observa la desbandada de sus compatriotas de un lado a otro de la frontera, acaso con complacencia por el éxito de la empresa.
Las siempre complejas relaciones entre España y Marruecos sirvieron titulares templados por parte del Gobierno español en medio de la crisis, en los que se celebraba la colaboración del país magrebí. Pero el viernes, la situación es insostenible y el presidente del Gobierno toma el Super Puma y vuela a Ceuta, donde deja la declaración más contundente que ha de servir también de llamado a Europa: “Una violación de la integridad territorial de España”, pero lo achaca a las mafias y reitera la “cooperación constante y fluida” de Marruecos. El ruido diplomático y geopolítico ganaba protagonismo al paso de las horas. Se sigue hablando de la reciente visita de Sánchez a Argelia, archienemigo de Marruecos, como una posible molestia para el monarca; incluso se menciona la final del próximo mundial de fútbol, que Marruecos quiere para sí. ¿Qué ha molestado al soberano norteafricano, qué es lo que busca?, se preguntan retóricamente los analistas, dando por bueno que tiene en su mano la varita de la crisis.
Pero los migrantes no se preguntan nada, ni conocen la sentencia del Tribunal Supremo que les libra de una devolución inmediata al llegar a España si entran nadando sin haber saltado valla alguna. Solo han visto las puertas abiertas o les han convencido de que lo estaban y han pasado. Algunos no son siquiera marroquíes, sino subsaharianos que estaban esperando su oportunidad. Son los más tímidos. Apenas hablan ni gritan vivas a España ni a Marruecos ni llevan camisetas con el nombre de Lamin Yamal. Buscan su asilo todos juntos y permanecen sentados en el suelo a las afueras del CETI. Son de Sudán. “Había cientos”, corrobora el abogado de CEAR que se desempeña en el centro de acogida. “Y también tunecinos, yemeníes, argelinos o senegaleses, que esperan apostados en los montes de Marruecos” un cortocircuito diplomático que baje los brazos de los agentes fronterizos. “La idea que traen en la cabeza al llegar es subir al CETI, porque eso es lo que les recomienda la gente cuando los encuentran y siempre tienen miedo de la policía, pero la policía es el primer paso”, explica el abogado.

Pasos. Son tantos los que llevan dados que algunos se tumban ya indolentes en el suelo y se levantan con pereza y cansancio ante el interrogatorio de los periodistas. Pero hay que preguntar a Mehdí, a las puertas del CETI, cómo se ha hecho esa herida tan fea en la pierna. “La Guardia Civil me tiró algo para que lo agarrara y subiera por las rocas, pero me caí”, explica. Luego dirá que tiene hermanos y una madre que le ha dado mucha pena dejar allí, a la que no dijo nada y ahora, maldición, el teléfono se le ha caído al agua y no puede llamarla. Nadie le presta uno, tampoco hay batería en la calle y los móviles se van muriendo. Los residentes del centro reciben los teléfonos por el enrejado y se los cargan, pero son tantos que nada es una solución completa. “Marruecos no vale la pena”, dice Mehdí. A él, albricias, no le gusta el fútbol, quiere ser panadero. Vuelve a tumbarse en su manta roja.
Suenan las campanas en las iglesias de Ceuta la tarde del sábado, como si todo estuviera en orden y santa María de África fuera ajena a la crisis que por tres días ha abierto un enorme agujero en las murallas de la ciudad. Ya pasó lo más difícil, ahora queda lo más triste. La morgue en el antiguo Hospital Militar se va llenando de cadáveres envueltos en sudarios blancos, a la espera de autopsias e identificaciones. Algunos serán musulmanes, otros cristianos, muchos adolescentes y otros, jóvenes que enterraron su sueño en el mar. Las campanas de alerta que tañía sin descanso los días pasados el presidente ceutí serán pronto de duelo.


