Va de nuez
Va de nuez o va de nuevo. John Dos Passos conoció a José Robles a principios del siglo XX en un tren a Toledo. El escritor norteamericano andaba de caballero andante acumulando párrafos para un libro que se titularía Rocinante cabalga de nuevo y el joven español se ofreció como guía con la intención de practicar su inglés, lengua que dominaría al grado de que —pocos años después— tradujo Manhattan Transfer, la primera gran novela de Dos Passos y que lo políglota le valdría para volverse profesor de Johns Hopkins University en Baltimore, Maryland, con la ayuda de Dos Passos.
(Breve paréntesis para marcar una de varias aguas del azar: al releer en días pasados el Rocinante… de Dos Passos descubro —como si jamás lo hubiese leído— que desde la primera línea aparece Telémaco tan perdido en la búsqueda de su padre Odiseo que Dos Passos lo narra sentado en la plaza de Santa Ana en el Madrid de principios del siglo XX… leído ahora, un siglo después, cuando el planeta parece saberse de memoria La Odisea de Homero, una vez más.)
Robles y Dos Passos fincaron una amistad de veras, condición que se confirmará no sólo al paso de los años sino también y aún más en la vera definición de amistad cuando se compara con quien confunde el sentido y sentimiento o conjugación de esa palabra. Esto se debe a que luego de inaugurar afecto traducido con el joven Robles en Toledo, Dos Passos se convirtió en chofer de ambulancias en las batallas italianas de la Primera Guerra Mundial. Allí en las trincheras, conoció a Ernest Hemingway y ambos se vuelven testigos de la sangre y la locura, el mal banal y las ganas de volverlo todo prosa. Uno de los dos cuajaría Tres soldados y el otro, Adiós a las armas, al tiempo que fincaron una amistad que parecería de veras e intemporal… pero a veces el azar hierve amargo y entre que a Hemingway le dio cierto mareo su éxito meteórico y a Dos Passos, andar siempre jodido, pidiendo dinero prestado y enredándose con la política militante de izquierda (ya fuera abogando por Sacco y Vanzetti o denunciando los abusos de toda usura), mientras que Hem andaba de Casanova y más interesado en conveniencias de grilla editorial o publicitaria, tanto como la pesca de truchas y la caza de elefantes… a ambos les dio por jugar un fuego narrativo que suele provocar serio desequilibrio: intentar justificar como ficción lo verídico y verificable que se narra casi fielmente (nombres y apellidos alterados). Ambos ventanearon intimidades sin mayores velos; primero, lo hizo Hem (en eso que se tradujo como ¡Fiesta!) y luego Dos en varios capítulos de novelas posteriores y la amistad que pintaba para inmaculada empezó a mancharse de enredos y envidias, tropiezos que se resanaban para repetirse y más azar susceptible de agriarse.
Con el pretexto de filmar un documental que mostrase la cruda y dolorosa herida con la que empezó la pólvora y el polvo de la Guerra Civil Española, John Dos Passos como guionista y productor cruzó a pie los Pirineos para encontrarse con Hemingway en Madrid, no sin antes pasar a Valencia donde ya residía o reculaba lo que quedaba del gobierno de la Segunda República Española y donde intentaría verse con José Robles, su amigo y traductor, profesor de una universidad norteamericana al que el nefando alzamiento franquista pilló con su familia en Valencia. La mujer de Robles lo recibe con la angustia de que su marido había desaparecido, levantado de madrugada por hombres vestidos de civil, sin saberse paradero más con el chisme de que alguien confió a su hijo adolescente: a José Robles ya lo habían fusilado aparentemente por equivocación.
Al llegar a Madrid y encontrase con Hemingway, éste le recrimina que se haya arriesgado para cumplir con el documental sin traer víveres (en vez de naranjas de Valencia, esperaba sardinas y vino del bueno) y le espetó el sinsentido de andar buscando a un amigo cuando la pamplonísimadefinición de Hemingway sobre el conflicto casi lo proclamaba como una Fiesta: vodka que traían los rusos, el Bar Chicote abierto como si nada, mujeres de tacón dorado, escapadas a la Ciudad Universitaria para dispararle a los fascistas como si se tratara de un safari cerca del Kilimanjaro y por las noches, las suites elegantes del hotel (donde además pernoctaba mas no necesariamente dormía con Martha Gelhorn, habiendo dejado a su esposa con hijos en la Florida).
Para el mentado documental, Dos Passos insistió en querer mostrar la vida cotidiana del campesinado y proletariado español sufriendo bajo el alzamiento fascista y sus estragos, mientras que Hemingway querçiaconcentrar guiones y lente cinematográfico en los bombardeos diarios sobre Madrid. Dos definiciones divergentes entre dos veteranos de la Gran Guerra, unidos por azar y ya no tanto por amistad. Menos aún por otro azar: con fecha y hora precisa consta que en el Hotel Florida tan lejos de Florida family, Hem aún no llamado Papa y con sólo bigote (antecesor de la blanca barba Nobel de veinte años después) no sólo insiste y confirma más de una vez que le parece un sinsentido que Dos Passos se desviva por encontrar a José Robles, sino que además oculta informar que no sólo sabe, sino que le consta que al traductor español ya le habían aplicado juicio sumario, pelotón clandestino, cadáver esfumado… aunque Ernest le insinúa a John que Robles quizá fue un traidor, que a nadie le puede constar que no haya aprovechado su dominio del inglés, francés y ruso para pasar información de la heroica defensa republicana a los llamados Nacionales de Franco y añadía un seco rollito convenenciero que provoca en John Dos Passos la digna y enfática resolución dolorosa de cortar en ese instante eso que parecía una amistad de veinte años.
En las dos décadas posteriores al quiebre hubo escarceos enrevesados de re-encuentro y nostalgias casi palpables de los primeros veinte años y vivieron otros veinte años de atisbos de abrazos y dizque serenidades de olvido: Dos Passos se casó con la primera novia de Hemingway y éste, después de Gelhorn (que ya era la tercera) tendría otros matrimonios y nada menos ni nada más que el Premio Nobel de Literatura en 1954. Con honra intacta y extrema elegancia, consta que Dos Passos viajó a La Habana y a la Florida U.S.A. para felicitar a su amigo en persona, pero la esencia pura de la palabra amistad ya se había mancillado en aquel instante intacto en la Plaza del Callao, centro cardíaco de Madrid, donde hubo una vez un hotel llamado Florida.
Ahora que ha vuelto con las lluvias en México y los incendios al filo de París o Madrid, ahora que ha vuelto la propensión a la censura, la proliferación incontenible de la mentira, la confusión de la conmiseración, los pésames imperdonables en el velorio de un violador, la normalización de la ira hiriente, la pederastia de poderosos y la ligereza impostada sobre la definición precisa de las palabras que son alma, va de nuevo: vuelvo a la indagación de un instante como si pudiera volver a aprender que hay valores valiosos y valiente virtud en medio del fango, que hay manera de romper con lo imperdonable para apuntalar una integridad y pedir un helado al filo de tantas llamas hipócritas, en cuyo caso: va de nuez.

