ReconoceR
ReconoceR: del látigo a las rosas
Hay fechas que no se celebran: se obedecen, llegan como un recordatorio colectivo de lo que se supone que debemos sentir, comprar, demostrar o aparentar, como si el calendario trajera instrucciones invisibles sobre cómo debe latir el corazón ese día. Antes fue un rito de fertilidad desbordado, con sangre, piel y tierra, un acto brutalmente humano que mezclaba deseo, miedo y superstición; hoy es una vitrina pulida con chocolates, globos metálicos y promociones en amor exprés, una versión higienizada de lo mismo donde la intensidad se sustituyó por empaques brillantes. Pasamos del látigo simbólico a la rosa empaquetada al vacío y a eso le llamamos evolución, aunque en el fondo solo hayamos cambiado de envoltura.
El antiguo Lupercalia romano azotaba suavemente a las mujeres con tiras de piel de cabra para “bendecir” su fertilidad, un gesto que se aceptaba como ritual y no como violencia porque estaba respaldado por la costumbre y la promesa de buena suerte. Hoy nadie te golpea, nadie necesita hacerlo, porque el algoritmo se encarga de recordarte quién recibió flores, quién viajó en pareja, quién presume cenas a la luz de las velas y quién subió fotografías con filtros de felicidad impecable, como si la alegría pudiera calibrarse en saturación y contraste. Cambiamos el cuero por celofán, la plaza pública por la pantalla, el contacto físico por la comparación silenciosa, pero la presión social sigue intacta y tal vez más eficaz porque ahora parece elección personal cuando en realidad es coreografía colectiva.
El verdadero látigo moderno no deja marca en la piel ni provoca moretones visibles, deja algo más difuso y por eso más persistente: una sensación difícil de nombrar, una inquietud silenciosa que se instala entre anuncios, publicaciones y vitrinas digitales hasta hacerte preguntarte si algo falta, si algo debería estar pasando, si la ausencia de celebración equivale a una ausencia de amor. San Valentín no inventó esa necesidad, solo la convirtió en temporada alta, en un escaparate donde el afecto se mide en detalles visibles y la vida privada se vuelve una exhibición comparativa.
Y, sin embargo, el amor no vive solo en la pareja ni cabe en una fecha porque se despliega en direcciones más discretas y menos fotogénicas: en el cuidado hacia uno mismo cuando nadie aplaude, en la paciencia infinita con los hijos cuando el cansancio pesa, en la complicidad de una amistad que resiste los años sin necesidad de confirmación pública, en la entrega silenciosa a una profesión que da sentido aunque no siempre dé reconocimiento, en la lealtad tibia de una mascota que espera detrás de la puerta como si cada regreso fuera una fiesta privada. Son amores sin escenario, sin hashtags, sin vitrinas, pero profundamente reales, quizá los únicos que sostienen la vida cuando las luces se apagan.
Hay quien recibe arreglos enormes y duerme vacío porque los gestos espectaculares no siempre alcanzan a llenar lo esencial, y hay quien no recibe nada y, aun así, tiene a alguien que le guarda el último pedazo de pan, que le pregunta “¿ya comiste?” o que se asegura de que llegue bien a casa, pequeñas formas de cuidado que no caben en una caja con moño pero que sostienen más que cualquier ramo. Eso también cuenta, aunque no se publique, aunque no genere reacciones, aunque pase desapercibido para el mundo.
También hay parejas que comparten su felicidad sin pretender nada más que celebrarla, fotografías que no ocultan imperfecciones sino que muestran que, a pesar de ellas, siguen eligiéndose, vínculos que no necesitan convencer a nadie porque se bastan a sí mismos. No todo lo visible es superficial ni todo lo discreto es profundo, y quizá la verdadera evolución no fue pasar del látigo a las rosas sino aprender a elegir cuáles aceptamos y cuáles dejamos pasar sin que nos definan, distinguir entre el amor impuesto que duele, el amor performativo que cansa y el amor sencillo —con o sin vitrina— que todavía es capaz de salvar días enteros.
Si hoy no hubo flores, no pasa nada porque el valor de una vida no se decide en veinticuatro horas, y si las hubo ojalá vengan con raíces y no solo con moño, con intención y no solo con inercia, con presencia y no solo con fotografía. Al final, cada quien decide si esta fecha es castigo, espectáculo o simplemente una pausa para reconocer que, en medio del ruido, seguimos necesitando lo mismo de siempre: que alguien nos elija sin calendario de por medio, sin obligación social, sin la urgencia de demostrar nada.
Con agradecimiento a las personas que he conocido a lo largo de la vida y que, siendo exactamente quienes son, me acompañan.
Leticia Pérez Medina
Autora de la columna ReconoceR



